12 de febrero de 2013

Historia de la composicion del cuerpo humano

Juan Valverde, médico anatomista nacido en Amusco, actual provincia de Palencia, alrededor de 1525, emigró a Italia circa 1542, donde ejerció como médico y profesor en Roma. Fue el gran seguidor español de la nueva anatomía establecida por Andrea Vesalio en 1543 con su obra De humani corporis fabrica (Sobre la composición del cuerpo humano). Vesalio fue responsable de una nueva visión del cuerpo humano en el mundo moderno. Valverde ayudó a su difusión mediante las 16 ediciones en cuatro idiomas (castellano, latín, italiano e incluso griego) de su obra Historia de la composicion del cuerpo humano. El texto se encuentra profusamente ilustrado con 42 grabados en cobre que continúan la tradición de los libros de anatomía de la época: buscar el didactismo mediante una enseñanza más práctica y más visual. Muchos de estos grabados son reproducciones de las ilustraciones de Vesalio y otros, con importantes avances científicos, son originales atribuidos a Gaspar Becerra, quien recibió una clara influencia de Miguel Ángel. Se cree que otro grabador contribuyó con el volumen: Nicolás Beatrizet (circa 1507–circa 1570). Las iniciales N. B. aparecen en varias láminas. Los grandes logros de Valverde son las correcciones que hizo a los clásicos, Vesalio incluido, así como descubrimientos relacionados con los músculos y los órganos, en especial el ojo. Pero su obra va más allá de lo puramente científico y lingüístico. La obra constituyó un gran paso en el uso del castellano como lengua de ciencia, ya que aumentó el léxico anatómico en el castellano, hazaña que había iniciado Bernardino Montaña con su Libro de la anatomía del hombre de 1551. Se considera a Valverde el anatomista español más importante del Renacimiento.

El melopeo y maestro: tractado de musica theorica y pratica

Pedro (Pietro) Cerone (1566–1625) nació en Bérgamo, Italia. Tras formarse como músico, cantante y sacerdote en Italia, viajó a España alrededor de 1593, como peregrino a Santiago de Compostela. Un año después, sumido en la indigencia y viviendo en Madrid, fue protegido por Santiago Gratii (Caballero de Gracia) en cuya academia musical pudo trabajar. Probablemente gracias a Caballero de Gracia pudo entrar en la Capilla Real de Felipe II y, luego, en la de Felipe III. Entre 1603 y 1605 regresó a Nápoles y en 1610 ingresó en la capilla del nuevo virrey de Nápoles, el conde de Lemos, Pedro Fernández Castro. Fue en Nápoles donde publicó, en 1609, un tratado de canto llano y en 1613, y en español, El melopeo y maestro, un libro que había redactado, casi en su totalidad, en Madrid. El título puede derivar del latín melopeia, en referencia al arte de la producción de melodías, y maestro, en el sentido de un eminente profesor de música. El melopeo es una obra de carácter enciclopédico, que consta de 1160 folios, divididos en 849 capítulos. Como indica el título, en la obra «se pone por extenso lo que uno para hacerse perfecto músico ha menester saber». Cerone empieza por dar consejos sobre el comportamiento moral y social del músico. Luego, atiende el canto llano, el mesurado, el contrapunto y la composición. Compara la formación y el conocimiento musical en España e Italia, apunta las carencias españolas y presenta el más detallado catálogo de los instrumentos usados en España. El libro tuvo una gran circulación y fue una referencia fundamental para los teóricos españoles de música de los siglos XVII y XVIII. Denostado en el siglo XIX por su conservadurismo, hoy se lo reconoce como una valiosa fuente de información sobre la música española de la época.

Libro de Calixto y Melibea y de la puta vieja Celestina

La Celestina ha sido, sin duda, uno de los mayores grandes éxitos de la literatura española. Se dice que hubo más de 200 ediciones antiguas, aunque se conservan menos de la mitad de ellas. La obra, de Fernando de Rojas (fallecido en 1541), comenzó como una comedia en 16 actos, que se ampliaron a 21 en la tragicomedia, y esta versión fue la que llegó a popularizarse. La obra no solo se publicó en toda España, sino que se hicieron impresiones del texto español en Lisboa, Roma, Venecia, Milán y Amberes. Prueba de su gran popularidad son también las primeras traducciones realizadas al italiano, al alemán, al francés, al inglés y al holandés. Esta preciosa edición ilustrada, realizada por el pintor sevillano Cromberger alrededor de 1518-1520, es, en realidad, la tercera de la serie de ediciones que realizó el impresor y la única que tituló Libro de Calixto y Melibea y de la puta vieja Celestina en lugar del clásico Tragicomedia de Calisto y Melibea. Lo más interesante de la impresión de Cromberger es la serie de grabados xilográficos que utiliza casi sin variación en todas sus primeras ediciones de La Celestina, realizadas probablemente con los mismos tacos. Se encuentran al principio de cada acto y son de dos tipos: una serie de grabados rectangulares más amplios que representan episodios, y otra serie de grabados sueltos de figuras que muestran personajes, árboles y edificios. Estas, llamadas figuras factótum, se convertirían en ser características de los pliegos sueltos españoles hasta bien entrado el siglo XIX. El ejemplar que aquí se muestra es una extraordinaria rareza bibliográfica, ya que es la única copia sobreviviente de esta edición.

Codicilo de la reina Isabel la Católica, otorgado en Medina del Campo, el 23 de noviembre de 1504

El 23 de noviembre de 1504, tres días antes de su muerte, la reina Isabel firmó en Medina del Campo un codicilo en presencia del mismo notario, Gaspar de Gricio, y de cinco de los siete testigos que habían asistido el 12 de octubre anterior a la firma de su testamento. Si la reina se había referido en el testamento a los aspectos fundamentales del gobierno de los Reyes Católicos, en el codicilo, además de expresar su deseo de reafirmar lo que había dispuesto en el testamento, aborda, por un lado, cuestiones que afectaban directamente al gobierno peninsular y, por otro, mostraba su preocupación por la política que estaba ejerciendo España en América, con lo cual sentó las bases de las Leyes de Indias (el código de leyes emitido por la corona que gobernaba las posesiones españoles en América y las Filipinas). En la última cláusula del testamento, la reina expresaba el deseo de que se trasladara el testamento y el codicilo original al monasterio de Nuestra Señora de Guadalupe, en Extremadura, en el centro de España, no se vería cumplido, pues se sabe que entre los años 1543 y 1545 el testamento se llevó al castillo de Simancas, que pronto se convertiría en el archivo real de España. El codicilo, que extrañamente se había desgajado del testamento, se incorporó a las colecciones de la Biblioteca Real, y pasó a formar parte de un tomo de varios volúmenes del que se separa en 1881. El codicilo comienza con una breve salutación a la divinidad para ratificar a continuación lo expresado en el testamento. Siguen las 17 cláusulas que constituyen el cuerpo del codicilo y la rúbrica de la reina con los restos del sello de placa real. El documento termina con la suscripción notarial y las firmas y los sellos de los cinco testigos. Escrito en letra humanística-cortesana en tres hojas de pergamino con una hoja adicional que sirve de tapa, el codicilo tendría en su estado original un aspecto similar al testamento.

Biblia hispalense

La Biblia hispalense, denominada también Codex Toletanus, es un manuscrito de la primera mitad del siglo X escrito en latín en letra minúscula visigótica por al menos cuatro copistas. Los títulos también aparecen en hebreo y, en los márgenes, hay notas en árabe. El manuscrito está compuesto por cuadernos de ocho hojas en pergamino y su texto se distribuye en tres columnas de 63 a 65 líneas. Contiene los textos del Antiguo y Nuevo Testamento, con un prefacio, prólogos y comentarios de San Jerónimo y San Isidoro, entre otros. A pesar del formato y el contenido claramente cristianos, la influencia árabe de la ocupación mora de al-Ándalus es notable en la ornamentación y en el arco de herradura doble con un motivo decorativo en forma de flores y hojas, típico del arte islámico. Se incluyen los símbolos de los evangelistas, San Lucas y San Juan, y hay dibujos de los profetas Miqueas, Nahum y Zacarías y algunas iniciales con aves y peces. Algunas mayúsculas y leyendas aparecen en azul y rojo. El manuscrito muestra cierto deterioro, en particular en las primeras páginas. Sobrevivió parte de la numeración arábiga de los siglos XV y XVI y un conjunto completo del siglo XVIII. Las últimas páginas contienen un fragmento de un glosario en latín de un códice diferente. Una nota de la página 375 verso afirma que Servando de Sevilla regaló el libro a su amigo el obispo de Córdoba, quien en 988 lo entregó a la iglesia de Santa María en Sevilla. En 1869 llegó a la Biblioteca Nacional de España con otros materiales de la catedral de Toledo.

Beato de Liébana: códice de Fernando I y Dña. Sancha

Hacia el año 776, un monje llamado Beato, quizás abad del monasterio de Santo Toribio de Liébana, escribió una obra titulada Comentarios al Apocalipsis que tuvo un extraordinario éxito durante cinco siglos. Gracias a su extensa cultura, Beato combinó en este texto, a modo de summa, muchos comentarios que habían realizado sobre el tema autores como San Ireneo de Lyon, San Gregorio Magno, San Isidoro de Sevilla y el erudito del siglo IV Ticonio. El género de la literatura apocalíptica, que surgió en el ambiente judaico hacía el siglo II a. C., nunca había dejado de cultivarse. Beato, tan obsesionado como sus contemporáneos por el inminente advenimiento del fin del mundo, que según el cálculo de las seis edades sucedería en el año 800 (838 en la era española), escribió la obra para edificación de sus monjes, insistiendo en que, tras las aterradoras catástrofes finales anunciadas por Juan el Evangelista, el bien triunfaría sobre el mal. No se conserva el códice original de Beato, que es muy probable que estuviera iluminado. Pasó la fecha temida sin que nada sucediera, pero siguieron realizándose copias en los monasterios del norte peninsular (solo un manuscrito existente es originario de otro país). Después llegaría el temido año 1000, y otras fechas aterradoras, así que el texto, ya indisolublemente unido a un ciclo fijo de ilustraciones, siempre tenía sentido para los lectores. Han sobrevivido treinta y cinco copias manuscritas que datan de los siglos IX al XIII. A cada una de ellas, por extensión semántica, se las denomina beato y 26 de ellas están iluminadas. Dos se conservan en la Biblioteca Nacional de España. Aquí se muestra uno de los más bellos ejemplares, el códice Vitr/14/2, encargado en 1047 por el rey Fernando I y doña Sancha, que quizás realizó Facundo en San Isidoro de León. Sus 98 miniaturas, dotadas de sorprendente expresividad, se distribuyen en su mayoría sobre franjas horizontales de vivos colores, en un peculiar e inconfundible estilo que mezcla el románico con diversas influencias mozárabes y norteafricanas. Se destacan las miniaturas de los Cuatro Jinetes, la visión de la Jerusalén celestial, la serpiente de las siete cabezas y la destrucción de Babilonia. En poder del marqués de Mondéjar desde el siglo XVII, el manuscrito fue requisado junto con el resto de su biblioteca por Felipe V en la guerra de Sucesión.